miércoles 1 de junio de 2011

Historias incompletas

I

Algunas noches, tal vez las de más frío, la imaginación no huela tanto como quisiera, las cosas se transforman en objetos tan comunes cuyas características desaparecen ante mi mirada atónita como si fueran minutos perdidos u hojas que caen lentamente de los árboles en otoño, hermoso final al cual no le presto atención. Así pasa cuando no sé que escribir y nada se me ocurre.

Unos cuantos cigarros y un poco de buena música acompañan la sesión al momento de tomar aquella máquina de escribir e intentar plasmar en algún papel, el que tenga a la mano, todo lo que en ese momento pase por mi cabeza. Algunos de mis amigos más cercanos han sido testigos obligados de estos momentos, cuya recompensa es la culminación de alguna nueva historia, cuento, mentira, verdad, locura , realidad, que posteriormente se las relato en un ambiente propicio, el bunker de un gran primo, un publicista que proporciona su casa para reunirnos y conversar sobre algunos temas que poco a poco nos absorben, algunos de ellos ya ahogados y otros a punto de naufragar, cuyas repeticiones y nuevas versiones desatan siempre la risa.

Hoy es una de esas noches frías aunque no es la primera, pero es una de las más desesperantes, de las más curiosas, no sabría realmente como explicarlo ni como confrontarlo. Sobre esta pantalla pongo letras contando esta parte de mi vida como si me encontrara en el círculo infinito de una reunión de doble A y siendo está la primera vez que asisto, en la cual delante de todos me presento y explico mi problema tratando de encontrar ayuda para continuar sin caerme otra vez, acabar con mi desesperación, ( aunque me encanta llamarle síndrome de abstinencia), cuando las ideas no fluyen y las historias no aparecen.

Pero no quiero echar a perder esta noche que a pesar de su frialdad e incredulidad es propicia para escribir y contar, a pesar de que no hay historia, hoy describiré a aquellos que siempre han sido fans números uno de “los de huaipe”. Juntos todos los domingos y feriados también , algunas temporadas separados pero siempre llega el rencuentro. Son aquellos muchachos cuyas vidas han servido más de una vez para inspirar mis cuentos. A ellos está noche, sin afán de burla, de reclamo, de preferencias, los describiré por ser ellos los que empujan el camión de letras bajo la lluvia de ideas que es mi cabeza.

“Para esos perdidos, compañeros de noches y de días, un gran abrazo y un silbido. Gracias por sus oídos y sus ojos”

II

Hace un mes regresaron las noches sangrientas, las noches de rock and roll y baile desenfrenado. Hace un mes o casi uno, no recuerdo bien, he vuelto al dulce vicio de pasear por el Centro de Lima y visitar sus bares tan acogedores, tan íntimos. Aquellos bares que dejé de visitar porque no quería recordar más aquellas madrugadas en la cuales, como dice mi amigo, éramos felices y porque también recomiendan por ahí que al lugar donde haz sido feliz no debieras jamás volver.

El tiempo ha pasado y han llegado nuevos aires. Algunas amistades que pensé se perdieron regresaron con ganas de quedarse un rato más y otras nuevas han decidido acompañarnos. El celular ahora suena todos los fines de semana, los correos electrónicos llegan a diario con buenas noticias y el trabajo se hace más llevadero y divertido.

Una serie de personajes nos hemos reunido para demostrar que no hay mejor fin de semana que el que se pasa bailando, bebiendo, pidiéndole al cielo que siga de color oscuro y rogando que la mañana pierda el bus. Nos llenamos de conflictos y los expulsamos sobre la pista de baile o mejor dicho, el pedazo de piso en el cual la gente baila.

Entramos deprisa y con todas las ganas encima, el ron aún con su saborcito se divierte en nuestras bocas, el guardia nunca nos quiere rebajar la entrada y nosotros no estamos dispuestos a dejar de entrar. Se abren las puertas y el olor a humo de cigarrillo y cerveza entra por nuestras narices dándonos las bienvenida. El lugar es oscuro la gente baila y suda, gritan cuando pasan algún hit del recuerdo, se empujan sin querer hacerlo, es solo la falta de espacio. El alcohol los moja a todos, de los baños salen con miradas cómplices, con narices inquietas y con ganas de seguir rumbeando.

Uno pasa de costado, tiene que esquivar a la gente, a los necios, a los borrachos y a algunas caderas en movimiento que siempre es bueno observar. Pedimos cervezas, uno se acerca a la barra y las compra, mientras el cantinero les va pasando las botellas el quien se encargó de comprarlas las reparte a toda la “patota” que se encuentra atrás, sedientos y esperando.


III

Había una vez un espejo, el espejo estaba dentro de una habitación y la habitación dentro de una casa habitada por el ser más extraño que alguna vez haya conocido y eso que he conocido lo suficiente y a los suficientes. Los suficientes son un grupo de muchachos que creen que no necesitan a más miembros porque, como su nombre lo dice, son suficientes. Murieron todos el año en que los conocí y estoy seguro que fue mi culpa. La primera noche que nos sentamos a conversar les pregunté: Sí ustedes son “los suficientes” y ya no dejan entrar a nadie a su grupo, (porque ya son suficientes), entonces, ¿cómo hizo el primer suficiente?
Entraron en pánico y no los volví a ver más.


IV

Otra vez el cielo gris de la ciudad decora el día y conversa con poco ánimo con el pavimento que viste del mismo color. En medio una ciudad pintoresca, sonriente apretando el diente y hermosa a su manera. Sobre una de esas veredas va a Andrés caminado casi distraído en dirección a su tercera reunión del día. Camina sin problemas, esquiva a la gente que viene contra él sobre esas pequeñas veredas miraflorinas. Andrés, los mira fijamente tratando de descubrir que es lo que piensan y de rato en rato ve hacía arriba como si buscara una respuesta divina, pero eso no es cierto, lo hace para poder tener vigiladas a las palomas que se posan sobre los cables de luz y evitar así ser cagado nuevamente.

Va a verla, tiene una reunión con ella. Una mujer que conoció hace unos años y que por cuestiones de la vida y de carrera ahora trabajan juntos, sin estarlo, en proyectos que esperan hagan realidad sus sueños. Mientras camina, recuerda con dificultad el día que la conoció. Andrés iba en un taxi camino a no sabe dónde, sentado en el sitio de atrás para poder pensar con tranquilidad sin que el conductor lo interrumpiera con una conversación política o de queja. Llegó a su destino, pagó y bajo. Al abrir la puerta vio pasar frente a él una mujer con la que había soñado noche tras noche y que creyó en algún momento que no existía.

Sus cabellos rubios lo dejaran hipnotizado o para describirlo mejor, le dejó un cara de bobo. Tenía puesta una falda y unas pantys que marcaban sus hermosas piernas…

V

La corta biografía de Luca Roca por Luca Roca

Fui al empezar un bebé con mucha cabeza, será que tenía antes de nacer muchas ideas. Era algo sorprendente, una gran “mitra” y un cuerpo pequeño que auguraban un futuro lleno de apodos y burlas. Acabé siendo muy querido por todos, el bebe cabezón con cara angelical, dificultad para aprender a caminar y el mejor amigo del biberón. Una época de engreimiento total, tenía todo, coche de dos ruedas con asiento reclinable y quema coco. Tenía atención las 24 horas al día, me llevaban al baño, limpiaban mis cagadas y me meaba sobre todo. Me daban de comer y si se me pegaba la gana tiraba los alimentos al piso, nadie decía nada y yo tampoco porque no sabía hablar. Me embarraba la comida en la cara y la gente sonreía y decía: “ay que lindo”, que etapa tan poética. Me hacían dormir, me hacían eructar y no tenía idea de lo que era la vida, ni ninguna preocupación. Tenía en mis manos el mejor oficio, lo único que tenía que hacer era comer, llorar y cagar.

Fui un niño feliz, con muchos juguetes, muñecos cuyos nombres olvidaba al instante. Empecé a engordar, imagino buscaban en casa hacer de mi cuerpo algo proporcional a mi cabeza. Ya estaba en el nido, recuerdo me ponían mi uniforme naranja y me mandaban al salón celeste y mi linda profesora soportaba que me quedara dormido a cada momento, la maestra que muchos años después volví a encontrar como la madre de mi novia. Me hacía encima siempre, con los amigos jugando, en casa viendo tele, mientras ojeaba unos de los libros de grandes preguntas y respuestas de Carlitos Charlie Brown, era placentero, me gustaba hacerme encima el tan conocido 2 y era terriblemente feliz.

Pasó el tiempo y aprendí a manejar el fuego, fue fabuloso, pero terrible para mi madre, sus adornos, sofás, alfombras y jardín. Estando prohibido de “jugar con fuego”, cosa que deberían prohibirme ahora, descubrí las bondades del agua y lo divertido que se ve el papel flotando sobre ella y como ese mismo papel en cantidades controladas puede atorar el inodoro y crear una inundación. Con todo esto llegaron los primeros castigos y los primeros regaños. Encerrado en mi habitación solo fruncía el ceño y cruzaba los brazos, una actitud desafiante para esa etapa de mi vida, miraba la televisión con desgano y esperaba el momento que la condena terminara, por lo general, mi madre, que actuaba de juez y parte, me castigaba solo algunas horas y luego preparaba algo delicioso para comer y cerrábamos el asunto con el estómago lleno y una sonrisa cómplice.

Levantarme era divertido, mamá ponía en el tocadiscos discos clásicos de Led Zepellin, los Doors, Dylan y bandas que en esa época estaban de moda e influenciaron mis gustos musicales, pero no era lo único que se oía, había días grises en los cuales mamá escogía otro tipo de música, composiciones en las cuales no se escuchaba una guitarra, solo bajo, batería y piano con letras melosas, dramáticas, despechadas y para mí, en esos momentos, sin sentido. Tengo que aceptar que no me gustaba, pero las melodías eran adictivas y las letras, en español, eran fáciles de recordar, entre ellos tenía a Pimpinela, dúo de hermanos argentinos con canciones que podían desquiciarte o hacerte reír, los acompañaban el inmortal Django y no lo digo por su música, aunque hay canciones que rescatar, sino porque en la actualidad sigue cantando, también estaba José Luis Perales, Basilo y el sex symbol Julio Iglesias. Odio a Julio Iglesias, siempre cantando con la mano en el estómago como si le doliera y su voz, mejor dicho su pronunciación era extraña, había letras que no se entendían, pero que alocaban a mi madre, entre Iglesias y Morrison, me quedé con los dos. La colección musical de mamá era una caja de sorpresas.

Por fin ingresé al colegio. Un colegio de clase B con muchas ganas de ser A. Estaba muy emocionado en mi primer día. Llegué, no fui de esos que lloraban al separarse de sus padres, ni tampoco el más elocuente del aula. El aula era grande y mi profesora era una mujer genial la Miss Anita.


VII

La noche es el mejor momento para salir a recorrer las calles, muchas veces es sangrienta, otras veces se convierte en cómplice y cubre debajo de sus oscuras mantas las acciones que no nos atrevemos a realizar bajo la luz del día. El día, un amigo que me deja ver todo como realmente es y me regala cada mañana una taza cargada de noticias amarillistas y crónicas televisivas que matan mis neuronas peor que cualquier otra sustancia que dicen no se debe consumir.

Actualmente pasamos por un proceso electoral que tiene poco de risible y si mucho de indignante. En el día por la calle veo la propaganda política y pienso que el mes de julio se adelantó y sus circos acaban de llegar. Por todos lados la gente habla de política, mucho de ellos son jóvenes que ahora creen ser eruditos en el tema y realizan las mismas acciones que nuestros actuales políticos practicaban cuando tenían nuestra edad. Por otro lado, se ve un grupo comprometido que quizás genere un cambio, pero en resumen, la política sigue siendo ese bocadillo que empieza dulce y termina amargo.