jueves 19 de mayo de 2011

La casa de Carlitos

“Un búnker es una construcción hecha de hierro y hormigón, que utilizamos en las noches para protegernos de los bombardeos de la razón.”

Es verdad, está a la vuelta de la esquina entre un lugar en el que hacen pan y otro en el que le ponen hamburguesas. En un segundo piso y por una escalera al cielo podemos llegar a la casa de Carlitos.

Cada peldaño es un recuerdo y el marco de su puerta un grabado hecho de ideas descartadas y olvidadas en el tiempo. El lugar está decorado al mejor estilo “recyclé now” y por una esquina salen unas ramas inconclusas que en cada borrachera promete terminar. En medio una mesa que ha soportado derrotas y triunfos, vasos y lágrimas, verdades asesinas y mentiras piadosas hechas de cartón y madera.

El sofá está ubicado frente a una pantalla inmensa a la que llamamos, por casualidades de la vida, ventana. A través de ella vemos la tan tragicómica realidad, también muchos amaneceres con olor a tamal y disfrutamos asomarnos cada vez que debemos dar una bienvenida, por ahí es un amigo querido con un par de botellas o alguna bella princesa que no encuentra donde caer y descansar de un día que casi termina con ella.

En casa de Carlitos casi siempre estamos en juicio y nunca tan juicioso, somos culpables de muchos delitos. Tenemos un abogado de oficio negro y de cuello largo que nos cobra con sonrisas y relajo la oportunidad de sacarnos absueltos y sin daño alguno de las noches de bohemia. En la casa de Carlitos se baila desesperado, se piensa antes de hablar y se habla sin mucho que pensar. Las ventanas nos brindan un paisaje de ensueño solo sí miras para adentro. En esa sala de juicios el diablo es nuestro abogado de oficio y cada vez más nos dicen al oído que vamos por el camino perdido hacía una buena dirección.

No nos quejamos mucho aunque los vecinos si lo hacen, bebemos con moderación para no acabarnos todo el abastecimiento de ron. En casa de Carlitos existen leyes que se deben respetar, nunca llegues sin bebida bajo el brazo, de cigarros trae lo mejor y de lo otro, abre la ventana para que no se quede el olor. No rompas los vasos, ni aunque la banda improvisada que se arma lo merezca, ni tampoco se te ocurra entrar a su aposento a hacer alguna travesura que podrías terminar al lado de Hemingway. Habla de todo lo que puedas, cuenta las mejores historias de tu día, baila o toca alguno de los instrumentos que se han quedado instalados por voluntad propia y si quieres canta que siempre se te aplaudirá.

En las mañanas algunos quedan, los más valientes, los sobrevivientes de la última batalla barranquina o de las más épicas en el centro de Lima. Se vive en esa casa con poco tino, mucha alegría, sazón de algún cocinero improvisado, algunas palabras de un torpe aprendiz de poeta, las gotas de juventud de algunos seguidores amantes de la arquitectura y risas de mujeres inolvidables que decoran de primavera las noches eternas.

En casa de Carlitos se reúnen alrededor de la mesa los mejores personajes de Lima la nuit, el elenco de la obra más imponente de la historia, LA VIDA. Entre todos nos contamos y nos tomamos hasta el pelo con mucho hielo. Carlitos y sus bigotes, su sonrisa y el ceño fruncido. La voz fuerte que ordena cada 30 minutos que alguien entre a la cocina por más hielo o vaya a la tienda por más ron, mientras que entre sus manos la arcilla va tomando forma y de fondo tenemos unos bongós de principiante que cada vez suenan mejor y la guitarra donde el flamenco se escucha es tocada por un español que nos cayó hace unos meses, con tatuajes en el brazo como dice la canción que tanto le gusta. Antes un italiano amante de la chicha se encargaba de animar las noches, la casa ha sido bendecida de tener músicos tan suicidas.

En la casa de Carlitos calentamos las noches por temor al frívolo ungüento que nos pasan sobre el pecho las manos delicadas de algún farol.

El piso es un piso de estación en donde nos paramos obligados a esperar el tren que nos llevará de polizontes a algún lugar en donde podamos ver de cerca lo que siempre quisimos observar de lejos.

Las habitaciones se pintan de ron y en ellas se escriben historias cuyos pormenores son tan de mayores, tan delicadas compuestas con mucho “son”.

Compartimos experiencias y mostramos nuestras mejores cicatrices cuando nuestra afición preferida nos está llevando al límite de la alegría.

En la casa de Carlitos se vive de corrido, a veces él, con mucha sinceridad te dice al oído: “Si quieres vivir cien años, no vivas como vivo yo”. ¡Salud!