lunes 7 de febrero de 2011

Son solo 27

La mesa con velas y marcas de vasos que ya fueron retirados. Velas que se prenden de casualidad que alumbran un espacio lleno de muebles elegantemente acomodados para recibir a cualquier visitante inesperado.

La dulzura se perdió con el invento de los fastfood, el amor terminó impreso en libros de biología que cuestan un poco entender. Pasamos horas buscando la definitiva respuesta, una de esas que nos proporcione tranquilidad, calma y menos dolores de cabeza.

Las paredes se añejan y la botella de alcohol se descascara. Los ómnibus me cantan al oído la peor de las baladas, algunas sinceras y otras completamente mentirosas y extrañas. Gotas de color rojo muy parecidas a la sangre decoran el inmenso cielo sacado fuera de escena dejando de lado a todas las estrellas.

Algunas veces sentados en el banco de la felicidad dibujamos con el dedo las obras que Picasso jamás mostró. Las letras ahora son de teclado y pantalla, los piropos un mal entendido y las ganas de tener ganas se dictan en cursos modernos de alguna escuela inglesa. Vivimos como siempre comprando al por mayor emociones inventadas, el dulce amargo de los comienzos y alquilando salidas de emergencia para el momento de huir.

He escrito sobre algunas cosas que se pasan de absurdas, otras, tratan de ser sinceras, insípidas e hipócritas, por alguna razón se siguen escribiendo buscando sin querer el último aplauso para matar luciérnagas, tirándole al expositor una que otra rosa, una que otra botella y alguna un poco de ropa interior rentada en algún viejo burdel.

Las luces alumbran el largo camino de la ciudad, sus calles viejas y jóvenes han sido recorridas y grabadas en la memoria. Los nombres se olvidan al instante, los bailes se perfeccionan dentro del laberinto sin sentido de la música pop. La televisión se ha convertido en pantalla y las pantallas nos muestran lo que no pudimos hacer o lo que no llegamos a ser, naciendo en nosotros un anhelo por conquistar el mundo, por conquistar al otro, por cambiarlo todo sin darnos cuenta que debemos, por cuestiones de historia, cambiar nosotros mismos, pero nos negamos de alguna manera, decimos que no es necesario, que hacemos cosas buenas, cosas escritas en nuestras libretas, con horarios y esquemas, con ideas que pierden el sentido de tanto repetirlas.

Se repite una imagen en mi mente con casas de color negro y salas de rojo intenso. Las mujeres que decoran las esquinas ya están agremiadas y el placer comprado ha sido sobreevaluado por culpa de algunas leyes. Los hombres cada vez quieren ser más sofisticados, poseedores de respuestas correctas en momentos correctos. Las personas han perdido el miedo a volar sin paracaídas, han perdido el miedo de caer en el olvido queriéndose olvidar de todo cada día y el mundo sigue girando mareándonos a todos de una u otra manera. Nos compramos el problema y dejamos el pago a largo plazo y con intereses para las soluciones.

La vida dura un buen rato, un buen sorbo, un amague y un gol. Las cosas con los años se han convertido en indispensables, la independencia en una virtud obligada y la condescendencia en el peor de los males. Los motivos ya no sobran, pero si las excusas y los pianos son el instrumento más caro. Acabamos sedientos siempre y cansados cada fin de mes, luchamos por ideales hipotecados y discursos encantados escritos por un buen redactor fantasma. La vida dura un rato, como a veces un rato se convierte en toda una vida, la simplicidad ya no es tan simple y lo complicado termina por ser lo correcto. Las decisiones se toman con algunas pastillas para dormir y las noches de sueños son solo espasmos que no logramos identificar.

Escribir es un mal necesario, los ruidos siempre distraen o traen con ellos información necesaria para seguir escribiendo. Las palabras son un remolino en la cabeza, las ideas salen de a pocos y tímidas. Los lapiceros un buen recuerdo que no queremos olvidar y las páginas de alguna agenda entretenida siempre atenta en caso un derrame de creatividad o alguna confesión mortal. El testamento de nuestras emociones encargadas a un cartero que no conoce la dirección y no cuenta con mapa.

La respiración caliente en el cuello, el par de nalgas sobres tus piernas y el vaivén del encantador acto de amar forman un rompecabezas que rompe las ventanas, castiga a la aurora y al amanecer, dejando que la noche sea juez y parte. Un jurado compuesto de nubes espera la última palabra por ahí nos condena a un camino eterno de indecencias o pobre de aventuras.

Un poco para ustedes mis queridos y estimados, mis farolas en el camino, la llanta que nunca se pincha, el motor de mis noches extremas. La sonrisa a mi lado, la tele y el super nintendo, las canciones a las cuales les damos más significado que el que realmente tienen. La comida sin sabor en las tardes de otoño en las cuales siento una necesidad extrema de salir a rodar. Ustedes y los cumpleaños bien cumplidos, con mucho del otro y mucho de lo ajeno, las palabras en noches de frio y los empujones en las tardes de verano. No son muchos, pero son los suficientes, los necesarios que alimentan hojas y hojas con pura verborrea con mucho significado y mucho honor.

Se acaban 365 días para mí, 365 días con ustedes y unas verdades tan mentirosas que suenan geniales. Un breve lapso de gracia, una eterna luz que no se apagará. Al costado de un crucigrama en donde las noches terminan, en la puerta de entrada sin necesidad de buscar la salida. Un año más de agujeros bien tapados, de cielos dibujados en un lienzo interminable, las letras escritas en una hoja insoportable a la cual le cuento mis inquietudes y mis experiencias. Son solo 27, un número plasmado en una bandera que da la partida, esperando, en esta carrera, que la llegada esté tan lejos y que el camino siga siendo decorado por las palabras que nos regalamos, por los sentimientos que compartimos, por el eterno “salud” al cual no hemos acostumbrado.